18.10.07

y

Sin embargo
Yo no tuve la sal de sus ojos
ni el sobresalto de sus dedos
ni la longitud del polvo
en el hueco de la mano.
Pero me asomo a la ventana igual
que todas las noches
y miro el cadáver que me acecha en el espejo
y hablo de mí y de conjenturas de occidental pefecto
o del fantasma de mi padre.
De qué otra muchacha sino de desandarse
porque se vive a golpes
equivocando la ternura del día
repatríandose en portones que no son.
Cruza la noche gente
que podría caber en la yema de un dedo
y cada mujer que pasa es una muchacha newyorkina
a las seis de la tarde.

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